Los universitarios: La Leyenda del Beso

La leyenda del beso

(Parte Primera)

 

Héctor de León

Aunque pareciera harto difícil, todavía podemos encontrar decenas y decenas de mujeres y hombres profesionalmente virtuosos. Uno de ellos, zacatecano hasta las cachas, pero orgullosamente aguascalentense, es Sergio Candelas Villalba, periodista investigador, que a pesar de sus contribuciones históricas, no ha sido reconocido como lo merece, que por lo demás, profesional y familiarmente, es un hombre satisfecho que vive a plenitud, gozando nuestra ciudad y alimentado por los recuerdos gratísimos de sus distintas etapas que lleva de vida. ¡Y lo que le falta!

No es ninguna casualidad que su último libro, “Los anales de García” -Editorial Porrúa, 2010-, le haya representado una investigación de más de diez años en archivos, bibliotecas y hemerotecas nacionales y extranjeras, llevando en la mira al ilustre gobernante zacatecano Francisco García Salinas, honesto, fiel, entregado y responsable como el que más –nos quedan contadísimos ejemplares de esta especie-, que fue uno de los liberales distinguidos después de la consumación de la Independencia en 1821.

En esta ocasión me detengo a reproducir un pasaje interesante de la historia de Aguascalientes, como aquella leyenda del beso que se ubica en los prolegómenos de la independencia de Aguascalientes del Estado de Zacatecas. Son versiones distintas las que hemos aprendido a lo largo de los años, lo que bien merece una última descripción oficial que debiera quedar asentada en un libro, como aquel que editó don Mario Aguilera Dorantes, en los años que fue delegado estatal de la Secretaría de Educación Pública, “Aguascalientes, mi Estado” y que se ha convertido en una obra clásica, porque después de su aparición, ahora debiera ser obligatorio para niños y maestros de la educación básica.

En obvio de espacio, del respeto que merecen los lectores de Hidrocálido y con la autorización del autor, doy cuenta de ese pasaje en donde las figuras centrales fueron el presidente Antonio López de Santa Anna y doña María Luisa Fernández Villa de García Rojas:

La Leyenda del Beso en Zacatecas y Aguascalientes.Santa Anna fue conducido -aquella mañana del 1 de mayo de 1835-, a la casa que escogió el general para hospedarse por breves días, la del primer regidor Pedro José García Rojas, originario de San Nicolás de Quijas, Sierra de Pinos, Zacatecas, de un solo piso, ubicada en la esquina de las calles de Obrador (hoy José María Chávez) y Nieto, donde vivía en unión de su bella esposa María Luisa Fernandez Villa, alta, de cuerpo esbelto, ojos negros expresivos, trigueña, entre moreno y rubio, altiva en su porte y andar.

De gran ocupación, el veracruzano giró órdenes a jefes y oficiales, recibió comisiones de aguascalentenses que se quejaron con él, acudieron miembros del clero; la casa registraba un gran movimiento, así estuvo todo aquel primer día, hasta que llegó la hora de descansar.

El ingeniero Elías L. Torres, hijo del también ingeniero Julián, amigo personal del franciscano del Convento de Guadalupe, Ángel de los Dolores Tiscareño, quien conoció directamente a doña María Luisa, ésta le dijo en confesión, cosas muy personales, sobre la relación que tuvo con Santa Anna, y con datos proporcionados por su padre, Elías, preparó un trabajo para concursar en los Juegos Florales de 1927, pero éstos no se llevaron a cabo, entonces publicó ese trabajo en la revista Sucesos, donde narra aquél acercamiento de la manera siguiente:

Era famoso el chocolate tapatío que se tomaba en la casa de don Pedro. La hermosa doña Luisa tenia orgullo en decir, que en la condimentación del espumoso manjar, eran sus manos pequeñas y lindas las que lo sazonaban; de modo que, siendo tan afecto el general Santa Anna al chocolate, no podía faltar en aquel anochecer el rico soconusco, servido en pozuelos traídos desde China para aquella mansión, pozuelos cuyo obscuro contenido deshacía en la boca las famosas tostadas de manteca que por muchos años fue el orgullo de la panadería de Nieto y después de todas las panaderías de Aguascalientes.

La Leyenda del Beso en Zacatecas y Aguascalientes.2Santa Anna, jovial y alegre, ocupaba la cabecera de la mesa, mientras saboreaba el rico chocolate, refería los incidentes de sus gloriosas campañas. Rojas, a su izquierda, escuchaba atento el emocionante relato. Su esposa, a la derecha del alto invitado, clavaba sobre él sus ojos de obsidiana y comentaba las hazañas que este refería, con frases de elogio oportuno; o desgranaba, dulcemente su sonrisa divina que era un invencible hechizo a su belleza tapatía.

Poco a poco fue rodando la conversación, sabiamente llevada por la dama hasta concretarse a la situación dolorosa por que atravesaba Aguascalientes, y Santa Anna escuchaba de sus labios cómo la ciudad no tenía escuelas, la única que había no contaba con pisos ni con bancas para los muchachos, quienes recibían la escueta educación sentados en el suelo; que la fábrica de Tabacos, que era el sostén de centenares de obreros, había sido trasladada a Zacatecas, sólo por arruinar a la población…

Que durante la Feria, que por esos días aún se celebraba, el Gobierno zacatecano, había retirado todas las fuerzas que tenía en la ciudad, exponiéndola a un asalto de los bandidos que merodeaban por las cercanías de Calvillo o a los jugadores que acudían de todas partes de la República, se resarcieran de sus pérdidas sufridas, saqueando la población; de lo que se habían salvado gracias a que el Ayuntamiento había armado a un centenar de hombres que pagaban los vecinos y con los cuales se patrullaban las calles de día y de noche.

Cuando la señora Villa de García Rojas, llegaba a esta parte de la conversación, se anunció que don Pedro José López de Nava buscaba a don Pedro. El aludido pidió permiso para ir a la sala, cerró tras de sí la puerta y el ruido de sus pasos se fue perdiendo por el rojo enladrillado del corredor.

Aguascalientes puede ser independiente –continuaba doña Luisa, reanudando su plática-, basta que usted lo quiera mi general; que en este pueblo todos lo anhelamos y llegaríamos hasta el sacrificio por obtenerlo… y dejó caer estas últimas palabras, con una ternura tan intensa, que el árbitro de la República conmovido deslizó su mano sobre el bordado mantel y oprimiendo la fina siniestra de doña Luisa, le dijo, emocionado:

-¿De veras hasta el sacrificio?

La historia continuará.

hmdeleon@terra.com.mx

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